Mi experiencia con la compañías telefónicas: Jazztel, Amena, Orange… Nacidas para engañar

¿Por qué mentir? ¿Por qué basar cada venta en el embuste? ¿Por qué estafar sin ápice de ética ni moral? ¿Por qué recurrir sistemáticamente al engaño con gente honrada  que, sí o sí, va a contratar el servicio, ya que Internet y el teléfono móvil se han convertido en bienes de primera necesidad en la sociedad actual? ¿Por qué robar impunemente a personas normales?

Este artículo no lo escribo, lo regurgito. Porque llevo meses (años) acumulando mala hostia, soltando invectivas llenas de bilis que le entran por una oreja y le salen por la otra a la o el telefonista de turno, esperando paciente e ilusamente a encontrar una compañía telefónica honrada. Pero ya está. Hoy sé que no existe.

Y lamento no tener mejor memoria. La realidad es que llevan timándome toda la vida, pero no recuerdo exactamente las filfas de unas y otras. Así que voy a relatar las últimas. Las que tengo frescas.

Jazztel

La primera de Jazztel

Comenzamos con la líder indiscutible (al menos en mi experiencia) en esto de jugar sucio: Jazztel. Hace casi dos años, recibí una buena oferta de esta compañía y contraté con ellos ADSL, fijo y móvil –mayúsculo error el mío–. Me cobraban por todo 32 euros y me daban un móvil (era demasiado bueno para ser verdad, quizás me debería haber dado cuenta).

A pesar de lo atractivo de la proposición, me costó aceptarla. Uno de los motivos para hacerlo fue la insistencia, porque si hay algo que caracteriza a las compañías telefónicas –además de su asqueroso modus operandi basado en el timo– es que son inasequibles al desaliento; ergo, insoportables.

Al final caí en la trampa. Les solicité que mis recibos se pasaran al cobro a partir del día 15 de cada mes –soy autónomo y mis facturas no son nóminas que se paguen el día 1–. Evidentemente me respondieron que sí (“Decir sí a todo con tal de vender, vivimos del engaño”, imagino que pone en letras grandes en las paredes de las oficinas de Jazztel). En el segundo mes sucedió lo previsto: el recibo se pasó al cobro antes de esa fecha y no había dinero. ¿Qué sucedió? Evidentemente hice frente a una sanción. Solo era la primera.

La segunda de Jazztel

Pasados seis meses recibo una factura por 64 euros. Inmediatamente (sospechando ya lo que había ocurrido) llamo a Jazztel. 25 máquinas y 18 canciones después logro hablar con una humana que me dice que la oferta de 32 euros (50 % de descuento) era solo válida para seis meses. Esto es algo habitual en las compañías telefónicas, pero yo pensaba que, al menos, tenían la decencia de avisarlo. En mi caso no fue así, nadie me dijo nada. Se me ofreció una tarifa de 32 euros sin condiciones, sin fecha de caducidad.

La filípica con la telefonista en cuestión subió el tono. Me pasaron con varios departamentos. Aseguraron escucharme: “Estamos aquí para ayudarte”, dicen carcajeándose en tu cara. El corolario fue el mismo de siempre: “Te jodes”.

En el hacinamiento descontrolado de argumentos falsos (y eso que ya casi me habían convencido con lo del 50 %), apuntaron que otro de los motivos del encarecimiento era que me iban a poner fibra. Un técnico vino a mi casa una semana después y comprobó que para instalarla era preciso realizar una pequeña obra. Yo no soy el propietario y, por lo tanto, le planteé que me dejara el ADSL y que ya hablaría con la dueña para analizar la opción de realizar la obra. Así lo hizo.

Llamé de nuevo a mi compañía (hay que tener en cuenta que el tiempo no me sobra y, cada una de estas llamadas, supone, al menos, media hora perdida), les informé de que no había puesto la fibra y les pedí un descuento: “¿Por qué tengo que pagar fibra si no la tengo?”. Ingenuo de nuevo. Evidentemente, no logré nada. Eso sí, durante los seis meses posteriores me llamaron una media de dos veces cada 30 días para decirme: “Jazztel le regala la fibra, cuándo puede ir un técnico a su casa a instalarla”.

La tercera de Jazztel

Tenía decidido el cambio de compañía. Pero sabía que tenía permanencia de 24 meses –ni siquiera me preocupé por preguntar qué sanción me correspondería–. Cuando quedaban seis mensualidades para el vencimiento, llamé para informarme de la penalización. Me dijeron que era de algo más de 50 euros y que cada mes iba bajando. Decidí esperar.

Llegamos ya casi a la actualidad. Al pasado mes de diciembre de 2017. Tras varios días llamando a distintas compañías, elegí una: Amena (luego vamos con ella, que también tiene lo suyo). Consulté por última vez en mi área de clientes de Jazztel la sanción (aún me quedaban dos meses de permanencia). Desde que me informaron de ella vía telefónica iba vigilando que bajara cada mes. Era de 14 y pico euros. Cantidad asumible. Barato precio para perder de vista a la gentuza de Jazztel.

Realicé el cambio, vino el técnico de Orange (Amena te ofrece el servicio de fibra y fijo con esta compañía) e instaló la fibra. Y aquí quiero hacer una salvedad, porque aún hay gente buena: el técnico se llama Michael y se pasó tres horas en mi casa hasta que logró poner la fibra (sin hacer ningún tipo de obra). Le doy las gracias infinitas porque, de no haberlo conseguido, creo que hubiera pasado mucho tiempo sin Internet.

Dos semanas más tarde llamé a Jazztel para saber de cuánto iba a ser mi última factura. Y cuál es mi sorpresa cuando me dicen que asciende a más de 176 euros (119 de la sanción de permanencia más 57 de la parte proporcional del consumo mensual).

Traté de explicarles educadamente que había un error, que cuatro meses antes me habían dicho que la penalización era de 50 euros. Me pasaron, otra vez, de un departamento a otro. Pero dio igual. Les amenacé con denunciarles, les llamé mentirosos. No les importa.

Hago otro impasse para aclarar algo. Es muy habitual lo de hablar con una o un telefonista y decirle lo típico de “siento que te estés llevando tú la bronca, ya sé que no es culpa tuya”, etcétera. Pero no. Esta vez no. Los empleados y empleadas que han dado conmigo son también culpables. Son parte indispensable de ese perfecto engranaje creado para el latrocinio en el que se han convertido las compañías telefónicas. Son ladrones y ladronas que engañan sabiendo que lo hacen. Que coadyuvan para perpetrar el hurto a otro ciudadano inocente.

Así, vomitando bilis una vez más, termina mi relación con Jazztel.

La primera de Amena

Toca retroceder un poquito, hasta el momento en el que estaba formalizando mi relación contractual con Amena. Llevo con ellos menos de dos meses y ya me la han colado tres veces (van camino de récord).

En el eterno proceso de contratación, alerté de que, muy probablemente, en mi casa no se podría poner fibra (ya sabéis, lo de la obra). Les pregunté si, en caso de que esto sucediera, me dejarían puesto un ADSL. Planteé dicha cuestión a tres personas, ¡¡tres!!: la que primero me ‘vendió’ la oferta y con la que contraté, otra de Orange con la que me pasaron posteriormente para realizar el contrato de la fibra y el fijo (ya he explicado que lo derivan en esta compañía) y una tercera, también de los de la naranja, que me volvió a pedir los mismos datos (no sé muy bien para qué).

“Por supuesto, señor Fernández”, contestaron henchidas, como máquinas perfectamente programadas.

Ese mismo día, a las 22:00 horas, recibo la llamada de otra persona (también de Orange) para preguntarme cuándo me venía bien que el técnico fuera a mi casa. Como mera comprobación rutinaria le dije: “Ya sé que sí, ya me lo han dicho tus compañeras, pero, por confirmar, si no se pone fibra me dejáis ADSL, no?”. “No”, fue la tajante respuesta. Creo que es el primer ser humano empleado en una compañía telefónica que no me  miente en años.

Se lo expliqué con pelos y señales (se lo he dicho a tres personas, ¡¡tres!!, le dije) y me propuso que esperara a ver si el técnico lo conseguía y que, si no era así, llamara otra vez a Amena para que solicitara a Orange una instalación de ADSL –y no de fibra–. Afortunadamente vino el mejor técnico del mundo y lo logró. ¡Gracias, Michael!

La segunda de Amena

La penúltima falacia de Amena: les pregunté si podía establecer una fecha de pago posterior al día 15 (ya he explicado antes lo de mis ingresos): “Claro, señor, 5, 10, 15, 20, 25 o 30, cuándo usted deseé. Solo tiene que llamarnos en el momento en el que ya tenga su nueva tarifa de móvil y de fibra en marcha”.

Así lo hice y, de nuevo (parece mentira que me siga sorprendiendo), comprobé que me habían engañado. “Para usted solo está disponible la facturación del día 30 –que se pasa al cobro 10 días después, o sea a partir del 10– o la del día 5”. Lo consulté vía telefónica y también en el chat de atención al cliente. No me supieron decir más. Nadie fue capaz de explicarme por qué para mí solo eran posibles esos ciclos de facturación. Nadie.

Ya se lo explico yo: porque es mentira, porque podría tener el ciclo que quisiera, pero no os apetece (yo qué sé por qué). Porque sois unos sinvergüenzas.

La tercera de Amena

Durante el proceso de contratación –que es el momento en el que dan rienda suelta a su estrategia basada en “miente lo que haga falta, que lo que importa es vender”– me dijeron que, aunque contratara con Amena, el servicio de fijo e Internet me lo proporcionaría Orange. Ante esto, yo pregunté si me llegarían una o dos facturas: “Una, señor, una, todo irá unificado”

Dos semanas después llegó el momento de pagar, ¿y a que no sabéis cuántas facturas me llegaron? Evidentemente, dos facturas como dos soles. Mismo ritual: llamar a Amena, bronca, les llamo ladrones, me piden perdón y pierdo hora y media valiosísima.

“A nosotros nos tienen prohibido mentir, señor, nos auditan”, me dijo el señor que me atendió. Es que al final te tienes que reír.

Orange

Incluyo a Orange en este artículo porque, al derivar Amena en ellos las instalaciones de ADSL, fibra y fijo, son también culpables. Dos de sus empleadas participaron del timo. Al fin y al cabo, todos son lo mismo.

Todas son iguales

Hago una cosa que detesto: generalizar. Creo que, en casi ninguna faceta de la vida se puede decir eso de “todos los… son iguales”. En las compañías telefónicas, y por propia experiencia, sí. Alto y claro: todas las compañías telefónicas son unas ladronas y unas sinvergüenzas. Viven del engaño y sus empleados y empleadas son parte esencial del mismo.

Denuncia, me dicen, vete a una organización de consumidores… ¿Para qué? ¿De qué va a servir? De nada. Como este artículo. Como los tuits. De nada. Pero hoy, al menos, me quedo a gusto. He soltado lastre y mala sangre. He cargado pilas para afrontar el próximo robo que, seguro, no tardará en llegar.

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Acerca de Óscar Fernández Civieta

Nací en Salamanca el 22 de junio de 1979. Desde julio de 2011 vivo en Zaragoza, así que me considero mañico de adopción. Soy licenciado en Periodismo y diplomado en Turismo. He sido becario en El Periódico de Aragón, sufrí una beca en Aragón Press-Aragón Digital y tuve el gran placer de hacer las prácticas de la carrera en el programa "Mundo Solidario" de Radio Exterior de España. En 2010, durante mi estancia de cinco meses en Argentina, colaboré con el programa "Hombres al Aire" de FM Zonica (Vicente López, Buenos Aires). En la actualidad soy redactor jefe en eldiario.es Aragón y colaboro como redactor y responsable de redes sociales en webs y blogs de diversa temática. Si quiere saber algo más sobre mi vida profesional, en este blog encontrará mi currículum actualizado. Ademas, en la pestaña de Ámbito profesional puede ver algunas muestras de mi trabajo. Ver todas las entradas de Óscar Fernández Civieta

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