El machismo natural de la maternidad

El nacimiento del hijo de Marta y Alberto, ¡bienvenido de nuevo, Martín!, me ha impulsado a escribir algo que, desde que nació el mío, he verbalizado en reiteradas ocasiones sin llegar a plasmarlo en un texto. Una visión sobre la maternidad y todo lo que conlleva ese proceso al que, habitualmente con final feliz –en el primer mundo–, se enfrentan la mayoría de las que quieren ser madres y que muchas personas califican como “el mejor momento de la vida de una mujer”. Vero, mi pareja, prefiere definirlo como “un puto sufrimiento, por muy bonito que sea”. Una suerte de machismo natural.

Porque dar a luz conlleva un dolor increíble (bendita epidural, diría ella) y mucho miedo. Momentos duros que lo son menos gracias a la devoción, la empatía, la cercanía, la profesionalidad, la entrega y el cariño más absoluto de todas las profesionales de la sanidad pública.

Embarazo

Nada más anunciar eso que llaman “estado de buena esperanza”, comienza el padecimiento. No coadyuva a atemperarlo la frase maldita: “Disfruta del embarazo”.

¿De qué?, se preguntaba Vero: “¿De ponerme cada día más gorda y patosa?, ¿de no comer lo que me apetece?, ¿de estar cada vez más cansada?, ¿de no poder tomarme un vino?, ¿de no conseguir dormir en casi ninguna posición?, ¿de no disfrutar de un gin tonic?, ¿de los múltiples análisis de sangre?, ¿de que las hormonas me hagan ponerme a llorar por bobadas como si se acabara el mundo?”. Nótese que no se mencionan las náuseas: de eso se libró, afortunadamente.

No todo es negativo, por supuesto, cada vez que Gael recordaba su presencia con patadas, a su madre se le iluminaba la cara.

Parto

A medida que se acerca la fecha señalada, otro mantra empieza a resonar: “Cuando veas al niño, se te olvidarán el parto y los dolores”. Si quien lo dice es otra mujer que ya ha pasado por este trance, es absolutamente respetable, pero cuando la dichosa frasecita la pronuncia un hombre: un sopapo a mano abierta de la futura madre estaría más que justificado.

No soy como Camilo, así que no sentí las náuseas ni las contracciones. Tampoco nadie me introdujo un brazo hasta el codo por la vagina durante la dilatación para intentar dar la vuelta al bebé, ni tuve que empujar hasta la extenuación, ni nadie presionó mi barriga con vigor para expulsar la placenta. No me pincharon ni monitorizaron. Ni siquiera me metieron un gancho para romper la bolsa amniótica ni tuve que estar sin comer ni beber durante 12 eternas horas.

Todo eso les pasa a las mujeres, porque sí, la naturaleza y la biología son machistas. Yo soy ateo (y sigo sin creer), así que no culparé a Dios de esto.

Por cierto: “No, no se te olvidan el parto ni los dolores cuando ves al niño” (y eso que era precioso, perdonen el ataque paterno). La frase entrecomillada se la he escuchado muchas veces a Vero desde aquel 14 de julio de 2021.

¿Emociona? Por supuesto. ¿Se salta la lagrimilla? Obvio. ¿Quieres a ese bebé más que a tu vida? Claro. Esto también lo he visto y oído.

Vero con Gael a los pocos minutos de nacer en el Hospital Miguel Servet.
Vero con Gael, a los pocos minutos de nacer.

Posparto

Pero nada de lo anterior reduce los terribles dolores (bendito ese oscense que inventó la epidural). No son menos los puntos que le pusieron ni más cortos los días en los que no pudo andar ni sentarse mientras su bebé reclamaba atención continua. Más pequeñas no se hacen las compresas que debió ponerse para sofocar el desangrado ni menos blandengue esa piel antaño tersa.

Y todavía tienen que aguantar a alguno que suelta el típico y bochornoso: “Ves, no es para tanto, ahora a por el segundo”.

6 meses

Gael, nuestro hijo, está a punto de cumplir los 6 meses. Sería absurdo negar que somos felices, que se nos cae la baba cuando sonríe o emite algún sonido ininteligible. Hasta cuando caga (aunque un poco menos), mea o hace pucheros. Es un amor distinto, pleno, insondable. Un viraje total. Una revolución feliz.

Aun así, sin dudarlo un instante, su madre asegura que le encantaría no tener que despertarse cada noche las veces que Gael quiera (a demanda) para darle el pecho, que sus tetas siguieran en su sitio o que pudiéramos tener un poquito de intimidad de vez en cuando.

También estaría mejor con tiempo suficiente para ducharse o arreglarse. Para leer. Para ella. O con unos cuantos meses más de una baja que sigue siendo claramente escasa y que, cuando terminó, contrita, la hizo sentir una “mala madre” por ‘abandonar’ a su bebé y llevarlo a la guardería con sólo 6 meses.

Ser madre es lo mejor que le ha pasado, ella lo reconoce. Lo que no es óbice para que se destierre de una vez esa ominosa falacia de que el embarazo, el parto y el posparto son bonitos y agradables. Son un sufrimiento físico y psíquico absolutamente infravalorado por esta sociedad que sigue siendo machista.

*Nota: este artículo ha sido corregido y perfeccionado por su protagonista.

Acerca de Óscar Fernández Civieta

Nací en Salamanca el 22 de junio de 1979. Desde julio de 2011 vivo en Zaragoza, así que me considero mañico de adopción. Soy licenciado en Periodismo y diplomado en Turismo. He sido becario en El Periódico de Aragón, sufrí una beca en Aragón Press-Aragón Digital y tuve el gran placer de hacer las prácticas de la carrera en el programa "Mundo Solidario" de Radio Exterior de España. En 2010, mientras cursaba 5º de Periodismo en Argentina, colaboré con el programa "Hombres al Aire" de FM Zonica (Vicente López, Buenos Aires). Durante cuatro años he sido redactor jefe en la edición aragonesa de eldiario.es. Actualmente, soy periodista freelance: escribo en La Marea, AraInfo y Business Insider España. Colaboro con el programa "Despierta Aragón" (Aragón Radio) y con "Buenos Días" y "Aquí y Ahora", de Aragón Televisión. Además, soy redactor en webs y blogs de diversa temática. Si quiere saber algo más sobre mi vida profesional, en este blog encontrará mi currículum actualizado. Además, en la pestaña de 'Ámbito profesional' puede ver algunas muestras de mi trabajo. Ver todas las entradas de Óscar Fernández Civieta

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