Acostumbrarse a la pobreza

Las afiladas garras de la crisis son cada vez más acuciantes. A pesar de los brotes verdes de Zapatero y de las continuas mentiras de los gobernantes populares, la única realidad es que desde hace algo más de cinco años las cosas van de mal en peor. Hemos pasado de una tasa de paro del 8,6%, en diciembre del 2007, al 27,9% en enero del 2013. Se ha llegado a una preocupante cantidad de 12,4 millones de personas en riesgo de exclusión, 1,4 millones más que en el 2007. Muy por encima de la media europea.

La situación es, tristemente, cada vez más visible a pie de calle. Simplemente dando un paseo, cualquiera se puede dar cuenta de que estamos llegando a límites insostenibles. Lo realmente perceptible, y lo que, al menos a mí, más me afecta, es el crecimiento incesante del número de personas que están pidiendo en la calle. De hombres y mujeres, mayores y jóvenes, que extienden su mano en la acera, al paso de los demás viandantes, buscando que alguien les suelte una moneda que les acerque un poco más a ese euro y medio que necesitan para comprarse una empanada y llevarse, por fin, algo a la boca.

Pero no solo llama la atención el número, sino también el tipo de personas. Gente pidiendo en las calles ha habido siempre. Sin embargo, el cambio es espectacular. Antes se veía a personas con mal aspecto, que quizás habían nacido en familias desestructuradas y que nunca habían conocido, ni siquiera, lo que es ser de clase media. Otras a los que sus problemas con el alcohol, las drogas o el juego les habían abocado a un futuro incierto.

En la actualidad esto ha cambiado. En la calle hay gente bien vestida, culta, muchos de ellos pasan el día leyendo una novela mientras la pequeña cesta se va llenando a base de monedas de cinco o diez céntimos. Ciudadanos, igual que todos y cada uno de nosotros, que, dos días antes, tenía una casa y un trabajo.

Humildes trabajadores que han tenido la mala suerte de ser víctimas de un cruel desahucio o de la lamentable reforma laboral del PP que permite al empresario tratar a sus empleados como si fueran mercancía.

Seres humanos que no han provocado la crisis, que han trabajado de sol a sombra para sacar adelante una familia. Que fueron engañados por los bancos que ahora el gobierno rescata y que se están dando cuenta de que ni ellos, ni sus hijos, tienen un mísero mendrugo de pan para alimentarse.

Miles, millones de personas, son víctimas de la guerra sin armas que los mercados, los bancos y los gobiernos conservadores y capitalistas están llevando a cabo contra las personas. Un problema creado por ellos y que pagan los ciudadanos inocentes. Un conflicto que solucionan atacando, cada día más, a las personas de a pie a través de la retirada de derechos, de privatizar la sanidad, la educación, los servicios sociales…

Un sistema injusto que se lleva por delante a muchos seres y les obliga a dormir en cajeros, debajo de un puente o en un banco del parque, mientras los de arriba, los que han provocado todo esto, sueñan a pierna suelta en sus excelentes camas. Terrorismo sin disparos, una guerra sin trincheras pero con asesinos y asesinados.

No puedo terminar el artículo sin hacer mención a dos maravillosas personas que cada día dormían en el cajero que se encuentra frente a mi lugar de trabajo. Una pareja que, cada vez que iba, estaba tumbada en el frío suelo con sus sacos de dormir, leyendo una novela cada uno, comentando, con absoluta tranquilidad, las últimas novedades políticas, futbolísticas o culturales. Hace mucho que no les veo. Espero que les vaya bien y que hayan cambiado el duro cemento por un lugar algo más cómodo.

Cada vez que entraba me saludaban, “hola, muy buenas noches”, me solían decir. Y yo pensaba, ¿cómo pueden tener fuerzas para saludar a una persona que viene a sacar dinero cuando a ellos no les queda ni para una cama? Son solo una demostración más de que la indigencia es, desgraciadamente, algo normal en esta triste y destrozada España. Un ejemplo de que nos estamos acostumbrando a la pobreza.

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Acerca de Óscar Fernández Civieta

Nací en Salamanca el 22 de junio de 1979. Desde julio de 2011 vivo en Zaragoza, así que me considero mañico de adopción. Soy licenciado en Periodismo y diplomado en Turismo. He sido becario en El Periódico de Aragón, sufrí una beca en Aragón Press-Aragón Digital y tuve el gran placer de hacer las prácticas de la carrera en el programa "Mundo Solidario" de Radio Exterior de España. En 2010, durante mi estancia de cinco meses en Argentina, colaboré con el programa "Hombres al Aire" de FM Zonica (Vicente López, Buenos Aires). En la actualidad soy redactor jefe en eldiario.es Aragón y colaboro como redactor y responsable de redes sociales en webs y blogs de diversa temática. Si quiere saber algo más sobre mi vida profesional, en este blog encontrará mi currículum actualizado. Ademas, en la pestaña de Ámbito profesional puede ver algunas muestras de mi trabajo. Ver todas las entradas de Óscar Fernández Civieta

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